
¿Quién iba a pensar que alguien como yo podría pasar de una vida plena y llena de alegrías a la más desdichada de las situaciones?. Les cuento.
Desde pequeño fui admirado por quien pasaba a mi lado, tenían una suerte de envidia hacia mi; lo se, pero no los culpo, al fin y al cabo, no todos corren la misma suerte.
Tenía una hermosa familia que me hacia sentir como en casa, aunque no recuerdo haber tenido una antes, pero imagino que la sensación es realmente parecida. Mis hermanos y mis padres jugaban conmigo, y era consentido en todo lo que deseaba, me entendían y se reían con mis gracias.
A medida que pasaba el tiempo me sentía cada vez más fuera de lugar. Necesitaba más atención, lo cual no significaba ser “florerito” como dice uno de mis hermanos, sino que solo recibir el cariño mínimo que se le puede entregar a un individuo. Todos tenían cosas más importantes que hacer, mientras que yo seguía con las mismas actividades que antes.
De a poco me aburría más y más, hasta que llegó el momento en que decidí cambiar mi suerte e independizarme, ya tenía edad suficiente para “salir del nido” y explorar nuevas cosas por mi cuenta. Sabía que me iban a extrañar, pero no aguantaba más.
Estaba dispuesto a ver mi cara en los árboles de las principales calles de la ciudad con unas letras gigantes gritando a coro: “MISSED”, y ofreciendo recompensa. ¡Si!, como en las películas, o a ser buscado ostentosamente por cielo, mar y tierra por todo mi entorno social. Lo sentía por ellos, pero de alguna manera sabía que a mi me esperaba un porvenir mejor.
Al salir, me di cuenta como es la ciudad realmente, dejando atrás aquella burbuja que ya en ese momento, formaba parte de mi pasado. Ya en la calle, todos hablaban un idioma distinto al mío. No los entendía, y al parecer ellos tampoco a mi. A pesar de que gritaba con todas mis fuerzas, solo recibía lo que parecían ser insultos y me sacaban de cada lugar en que me sentaba a descansar. No tenía que comer y sentía frío por las noches, pero mi orgullo no me permitía volver al lugar de donde vine.
Una tarde cualquiera, luego de unos días, noté que un niño muy parecido a mi en mi niñez, corría incesantemente detrás de un auto que transitaba a velocidad moderada. De pronto, instintivamente, mis pies me obligaban a acompañar a aquel niño en su persecución.
Era realmente divertido, todo el mundo nos miraba tratando de encontrar una explicación, mientras que yo solo corría, no necesitaba tal explicación. Me divertía y punto. Hasta que...
Creía, hasta ese momento, que pasaba solo en las películas. Desperté en una casa, recostado en una cama con dos niños mirándome.
Cuchicheaban entre si y yo, sin poder entenderlos, me levanté apresuradamente. Nunca había sentido un dolor tan intenso en mi vida.
En mi oído sonaba una y otra vez el chillido de los neumáticos rozando involuntariamente con el asfalto y en mi cabeza rondaba cada uno de los segundos trascurridos en el accidente como fotografías que se desplegaban de su álbum. Era horrible la sensación, por un lado veía a los niños con su cara de horror al ver que mi cuerpo se desplomaba mientras gritaban al unísono, “¡Mamá el perrito se esta muriendo!”, esa palabra me quedó dando vueltas; “perrito”. La mamá de los dos niños abría un llamativo libro amarillo y en cosa de segundos su cara apuntaba a que había encontrado lo que buscaba. “¿Aló?, ¿Clínica Veterinaria?, sí, tengo en mi casa un perro atrop...”. Fue en ese momento que mis ojos dejaron de funcionar como si se hubiesen puesto de acuerdo con mis otros cuatro sentidos para ponerse en huelga.
Aquí estoy ahora, bajo estricto tratamiento y con una dieta horrible. Peor es nada, me vienen a ver seguido y me siento como en casa nuevamente. Recién ahora vengo a entender mi propósito en esta vida; nacer, ser mascota, entretener, ser olvidado, vagar y volver a ser querido. Después de todo, solo soy un perro más en esta enorme ciudad.